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jueves, julio 24, 2008

El séptimo

Lo he confesado antes: nunca fui cinero. Como las de muchos, mis primeras experiencias de 16 mm fueron algo así como Bambi en el jardín infantil. Bueno, la cosa sí que fue impactante entonces. Sé que vi en algún teatro del centro "El Chanfle", cuando salió. Cuando comencé la primaria, estrenando también el centro comunitario de mi honrosa atalaya suroriental, pasé por todos los lugarcomunes de escuela del Distrito (concentraciones escolares, las llamaban entonces). Mary Poppins, Cupido Motorizado y todo un rosario de joyas mexicanas de lucha libre, rancheras y hasta un drácula western. Para entonces la colección de clásicos para mi memoria la trajo la televisión. En esos tiempos previos a Emiliani Román, la programación de los festivos aun no estaba llena de dramas personales de niño con la enfermedad de uno en un trillón, ni intrincados divorcios, ni otras producciones de sociedades bíblicas. Además de historias de hippies, la semana santa siempre tenía clásicos sesenteros sobre la segunda guerra mundial: "Los Doce del Patíbulo", "Donde las Águilas se atreven",... Aun las de hippies tenían su criterio pues fue para ese tipo de fechas cuando vi a Kirk Douglas hacer de Espartaco (primero le crecerá pelo de nuevo a Jotamario Valencia antes de que un canal comercial colombiano vuelva a poner algo de Kubrik).
Pero entonces no me llevaron mucho a cine y ciertos block busters llegaron a mí de oídas. Familiares saboteándose mutuamente por quién fue el primero en soltar la lágrima viendo "El Campeón" o poniéndose taquicárdicos al reproducir coreografías de los sucesos de Kung Fu que estuvieran a la orden del día. Ya residiendo en tierras bajas vi E.T. en el Azteca. Realmente fueron tan pocas mis idas a cine que si las enumero con paciencia las cito todas en un párrafo. Vi el clásico geek "Juegos de Guerra" en el Calipso (allí también una de miedo que no recuerdo cómo se llamaba), "Amadeus" con el providencial sonido del hoy tajado "Embajador",... Fue en mis tiempos del Camilo, cuando supe por primera vez del mundillo cineclubero, de ese que buscaba su lugar como por la 72 y en algunos más centrales pero siempre en la 13. Será porque los espécimenes que me tocaron me caían gordos, ya no sé por qué, pero ciertos títulos como "Betty Blue", "La Historia de O" y "Rattle and Hum" recrean en los habitáculos de mi personalidad más huraña un momento y una atmósfera cargados de cardamomo, palosanto, hipoglicemia, granola, sílabas alargadas, pielroja y otros que ya deben hacer parte de uno de esos kits retro que se consiguen por ahí.
Bueno, la verdad fue en la Universidad donde me desatrasé como pude en ciertos items básicos, aprovechando las entradas libres o subsidiadas. D.W Griffith, Orson Welles, Hitchcock, un poco de italianos, Glauber Rocha, Fassbinder, Buñuel y otros tantos. Pero mi falta de devoción por esos templos hizo que no me rindiera gran cosa. Por cosas de las leyes de la física, por andar en movimientos de tipo browniano, terminé interactuando con uno que otro de esos singulares espacios llamados cineforos y videoforos, de esos que parten su cartel por categorías cargadas de simplismos y preconcepciones. Cada proyección antecedida por un cuento y seguida por una invitación de esas de "quédense al foro y aporten".
Ciclo Educación y Sociedad
"La Sociedad de los Poetas Muertos"
"Mentes Peligrosas"
"Duro Aprendizaje"
"The Wall"
"Historia Americana X"
Si de historias con alumnos y maestros se trata, igual están "Mazurca en la cama", "La Venganza de los Nerds" o la inmortal saga de "Schulmädchen-Report"; también heterogéneas, también irreductibles a la agenda pastoral.
A propósito de pastoral, padecí en mi último año de colegio una de esas escenas, enmarcada en una campaña de la arquidiócesis de Bogotá para que los adolescentes no escucharan rock con mensajes pecaminosos, cuando un par de ingenuos consumidores del difunto "uso público de la razón" quisimos reproducir los argumentos de una memorable columna de Eduardo Arias en El Espectador al respecto, ya que después del documental se nos compelió a rebuznar nuestras opiniones. El tratamiento recibido nos dejó con ganas de un criminal sabotaje al concierto de rock en cristiano que nos programó la curia entonces, con el conjunto del minuto de Dios (los covers de ciertos episodios mainstream, pero clásicos ochenteros, les salieron como bien interpretados; pero eran los tiempos de la agüita amarilla y no de la agüita bendita). En fin, yo creo que aun el cine que se fraguó como herramienta propagandera admite las azarozas consecuencias de su contacto con la singularidad de su víctima, la exégesis sin cartilla.
Envejecida la década pasada casi odié el cine, o ciertas posturas cineras. La pasada a examen de cierto círculo de amistades. Fue particularmente irritante la secuencia de la dichosa trilogía de los colores. Tres semanas seguidas, mismo sitio, mismas compañías y mismo amigo mochilento con la misma expresión extática: "mariiica, azul", "mariiica, blanco", "mariiica, rojo". Mis bajos niveles de consumo cinero terminaron por volverse prioridad, como cuando amablemente les recomiendan a algunas amigas alguna rutina para contener su talle en expansión, como cuando se meten con los pelos de uno como moneda para la aceptación. Aunque les advertí que aun me estaba desatrasando y que iba en el Prinzen Achmed, me programaron una de esas inducciones forzadas con algo que había en el momento. A alguno le habían dicho que "El Cartero" era buena y programamos subida al Perrata Pasteur, lugar con las coordenadas apenas para impactar mis ojos. Mi enciclopédico y resabiado cerebro entró evocando el título de un drama erótico romántico protoochentero protagonizado por uno que fue Joker. Pero qué agüepanela con sirope y masmelos para pasar una melcocha. Una de mis redentoras la encontró lacrimógena, para mí fue diurética. Mientras daba codo para coronar un orinal, mi Floganz interior me recriminaba: "macho que solo siente pog la punta de su sexo".
Una semana después me dio como cargo de conciencia haber hecho de estomatólogo ecuestre y decidí darle una oportunidad al celuloide. Un afiche vendía alguna otra especie con la prometedora frase: "una película para volver a creer en el cine" y mi piadoso bolsillo aceptó el arrepentimiento del fenómeno. Se trataba de una telenovela oriental, enmarcada en los cincuentas en el Annam francófono. Tal vez fue mi época sensualista de espectador porque las imágenes, los colores, el ventilador de techo superlento, las camisas blancas vaporosas de los protagonistas y el coro de grillos y otros bichos me transmitieron un mensaje cierto: Chimichagua, medio día, quiero una Kola Román. La protagonista, la de adentro mantequeando casi toda la historia y cuotidianamente mojandose los cachetes y nada más, salvo un poco al final de la historia cuando por fin el preciado líquido visita su sobaco; desde mi punto de vista gesto determinante para conseguir el favor de su galán, ya no solo su patrón. Lo más tenaz fue el remate abrupto del film, con encendida súbita de las luces que pusieron en evidencia a un público cuya impostura no había preparado una expresión astuta para semejante sorpresa.
De ese tiempo hasta ahora, me he conectado un poco más con el acontecer de ese arte, pero no consigo estar tan al día. Soy también una de esas creaturas post apocalípticas cuya principal fuente de erudición al respecto viene de la pantalla chica. Hoy muchos temas me salen de conteos de E entertainment, VH1, National Geographic y MGM. Con todo, sé gozar ese asunto, por donde más lo siento. Puede ser por los ojos o los oídos, puede ser por el diafragma o por el detector de ironía. Creo que a pesar de todo me sigue seduciendo vivir una experiencia estética, alguna referencia existencial, algo especial. Tal vez por ello me desconcierta tanto la manía de cierto cineclub inveterado, de publicitar algunos clásicos con cuadros explícitos extremos, faltándoles nada más incluir algo como "culeo al cien", con tal de llenar un recinto y unos bolsillos.

jueves, abril 10, 2008

Y esa es la historia

Pienso que Natalia París es una mujer mucho más pilosa y aterrizada que lo que el cliché sugiere. Ella es una Jane Mansfield de aquí y de ahora y no encaja con su papel que responda acertadamente a preguntas como: ¿cuál es el error debido a truncar una serie de Maclaurin en el n-ésimo término? Por eso resulta también ingenuo esperar que en una realización de Caracol Televisión, en asocio con The History Chanel, venga llena de aciertos o lecturas sesudas, o cuando menos coherentemente fabuladas. Eso sería pedirle peras a una talofita. Pero por motivos puramente estéticos me permito cuestionar el esperpento de anoche.
La cosa comienza citando por triplicado que se llevaba a cabo la conferencia panamericana y que nadie se imaginaba que el siglo XX se iba a partir. Bueno, no la cosa, la narradora es ni más ni menos María Cecilia Botero, desertora de antropología de la de Antioquia, galana de múltiples telenovelas desde los deplorables años setenta, la Sándalo Daza de una protagonizada por Pacheco, heredera de la academia Charlot, presentadora del nefando talk show "María C contigo" y - por sobre todo y que no falte en su epitafio - Peter Pan de revista del teatro Colsubsidio. Su quebradiza y mustia voz constituye el bajo continuo de esta producción. Sumado a su bajeza, un enssamble de actorzuelos imposta sus voces para llenar los faltantes del archivo fonográfico: "mataron al doctor Gaitán" "eh, razones poderosas señor".
Mediante una animación computarizada, se reconstruyen las posibles ubicaciones del origen de los tiros que impactaron al caudillo (¿existe duda acerca de que fue a plomo que lo mataron?), asumiendo como ubicación de los hechos el sitio donde están las placas junto a la Jiménez. Entran en escena dos clones de George Clooney, de impecable dicción y léxico preciso para aportar su pericia forense. Con un apuntador láser de conferencia, recorren el saco del occiso (puesto a un maniquí dentro de una vitrina) y sacan un flexómetro y lo pegan al vidrio. Luego concluyen basándose en lo que leyeron del informe de la época. Escenas sueltas de la refriega, pasajes de audio, declaraciones de viejitos, especulaciones sobre si se debió invitar a Gaitán a la conferencia (de pronto lo sacaban del rango de tiro de sus verdugos o lo compraban con un refrigerio o una carpeta bonita).
El pasaje biográfico fue como lo menos truculento, y luego vino la pomposa conclusión. En primer lugar, la muerte de Gaitán provocó la violencia y de ahí las guerrillas del llano que se convirtieron en las Farc y luego aparecieron en Colombia la corrupción y el narcotráfico y luego, como respuesta a los abusos de la guerrilla, se crearon las autodefensas y todo esto se llenó de males causados por parte y parte. Luego, el desenlace counterfactual: ¿Qué hubiera pasado si no hubieran matado al hombre que ofrecía la restauración moral de la Nación y todas esas cosas? Voilà, por fortuna la sociedad está empezando a despertar y a través de manifestaciones masivas está rechazando las acciones de los violentos, vinieren de donde vinieren y la luz al final del túnel y todo (si en la agenda no estuviera el 4F sino las eliminatorias al mundial, al menos hubieran sacado cierto ingenio para las asociaciones forzadas).
Globalmente y pasando por alto el contenido de interés académico, la edición fue pésima y el ritmo azaroso y desestimulante. El casting resultó impertinente (más hubieran hecho William Vinasco o Hernán Orjuela) y la generalidad de la experiencia fue lastimera. Necesito perucable, pronto.

miércoles, octubre 17, 2007

Germán Espinosa

Se fue el destacado escritor colombiano Germán Espinosa, poseedor de un manuscrito de León de Greiff, cuyo facsímil muchas veces quisiera tener colgado en mis dominios. Detalle anodino que sin embargo me resulta difícil no recordar cuando escucho citar a este nuevo difunto.

jueves, octubre 04, 2007

Hecho en el planeta Tierra

Alguien cercano a mí escuchaba recientemente los reclamos de los profesores de sociales de un colegio contra los programas de estímulo a la formación técnica. En algún espasmo de vehemencia terminaban reivindicando el 'humanismo', como el valor sacrificado en tales proyectos. Mi fuente les disparó una pregunta: "¿profesores, ustedes conocen algo más humanista que una lavadora?". Está visto que los moluscos no andan componiendo lieders, pero tampoco publican en Nature ni leen Popular Mechanics, ni escriben libros (de hecho un título que parece introducir las memorias de un cefalópodo lo hizo una de nuestra especie).
Ese cliché casi fascista que algunos han fabulado acerca de las ciencias 'exactas' (incluso la exactitud se la fetichizan), presentándolas como grises, planas, maléficas y yermas en materia de experiencias hedónicas o estéticas; pisotea con su torpeza miríadas de grandes y pequeños bellos gestos y momentos esenciales de nuestra experiencia humana.
Se celebra el aniversario 50 del Sputnik, el primer satélite artificial y uno de los grandes protagonistas de la fascinante aventura global del Año Geofísico Internacional, antecedente clave de lo que en una época se llamó la Revolución de las Ciencias de la Tierra, secuencia de sucesos después de la cual perdimos la inocencia acerca de la estabilidad del fondo oceánico y su contorno, se emprendieron los primeros esfuerzos exitosos por establecer correlaciones y causalidad entre los fenómenos de la tierra sólida, la líquida y la gaseosa y se hicieron ambiciosas aproximaciones al modelo de planeta en toda su escala, algo así como volver a descubrir su redondez y su tamaño a los ojos de la geología, la geofísica, la oceanografía y la meteorología.
Cartografiar el fondo del océano, explorar la composición de la atmósfera cada vez más alto, estallar grandes cargas para conocer mejor el subsuelo profundo, desarrollar redes sismológicas globales y otras tareas centrales del gran proyecto cambiaron la forma de pensar de mucha gente e impactaron la cultura y la economía.
Y sucesos como el del Sputnik generaron también acontecimientos cargados de estética y de magia:

La noche del Sputnik

Señor Director:

Qué emocionante la nota de Sergei, hijo de Nikita Kruschev (30-09-07). Es increíble que en Rusia no tuviera importancia el lanzamiento del primer satélite, mientras que aquí, en Usaquén, mi mamá nos levantó a medianoche para ver pasar el Sputnik. Yo tenía 5 años. La noche estaba clarísima; el cielo, estrellado, y el frío encartonaba la pijama y congelaba los pies. Esperamos un largo rato mirando hacia arriba. Yo tiritaba. Mi mamá decidió que saliéramos al potrero del frente para que los eucaliptos no taparan la visibilidad. Esperamos y esperamos temblando entre el húmedo pastizal a que pasara el satélite iluminado, pero salió la luna y aclaró la noche.

"Con tanta claridad no lo vamos a poder ver", nos explicó mamá. "Pero los rusos van a pintar la luna de rojo. No toda, claro, pero sí un pedazo para mostrar que ellos llegaron antes que los gringos", dijo mientras nos besaba y nos daba las buenas noches. Esa noche no pude dormir pensando en ese 'esputnic' que le daba vueltas a la Tierra, redondo y con antenas como chuzos, igual al erizo que habíamos visto en la playa de Cartagena.

Alexandra Samper

jueves, junio 14, 2007

¡Ay!

Ahora Fellini resultó surrealista.

domingo, mayo 20, 2007

Veinte años

Hace veinte años, para estas fechas, estuve de viaje (y qué recuerdos aquellos). Más o menos entonces comenzó lo que parecía ser la gran reivindicación de la esquina más horrenda de la arquitectura bogotana. En la esquina suroccidental de la avenida 30 con calle 13, se levanta el edificio del banco cafetero, una caja gris con falsas ventanas (vale decir, sin ventanas). En mayo de 1987 comenzaron a quitarle los vidrios cuadrados de la cara oriental, para reemplazar esa fachada por vulgar pañete. La ilusión de que por fin cambiaran esa porquería me mantuvo con una sonrisa cada día que pasé hasta que se consumara la decepción. Ahora que hay puente vehicular uno puede ver el botadero de cajas fuertes en el patio trasero de ese esperpento. Esa es la zona del antiguo matadero distrital y de las unidades de detención provisional (a donde lo pueden llevar a uno por "alto estado de excitación" para soltarlo a las dos de la mañana muerto del susto, menos mal soy frío e inconmovible). Cerca de allí le raponearon el Rollex a un personaje de la farándula televisiva y pusieron una de las primeras cámaras de vigilancia, ennegrecida por la polución. Había también un centro médico del Seguro Social (al nororiente), en el cual los médicos solían curar a las malas la llaga en la pierna de un mendigo, quien luego se la destapaba, pues era su fuente de sustento.
Antes de ponerle puente a ese cruce, de ahí a la 45 eran veinte minutos en bus, hoy son menos de diez y en Transmilenio cinco. No muy lejos tampoco, algo más de diez cuadras arriba, vine yo al mundo. En la misma clínica donde nacieron muchos de mis conocidos y cerca de los parqueaderos de las empresas de transportes, desde donde uno viajaba antes de que pusieran el terminal, el cual era novedad hace veinte años. Cuando la sacada en masa de los ñeros de El Cartucho y su ubicación temporal en el viejo matadero; el comercio de la zona bloqueó vías y los rechazó, aunque la arremetida contra los ladrillos y la ornamentación del edificio abandonado movió más la voluntad de la administración distrital que los reclamos de los comerciantes. Son varias edificaciones inconfundibles de la época que hoy, con su abandono o cambio de uso, dan cuenta de sucesos. La del Seguro, un poco más al norte la sede de Nepomuceno Cartagena e Hijos, los espacios de los antiguos locales de plásticos y químicos, trasladados después de lo de Transmilenio, Alkosto y Carrefour (este último donde quedaba un gran depósito de partes CKD para la planta de Mazda). Alguna vez, cuando trabajé cerca a la planta de Grasco, caminé mucho por esos lares, merendé en los puntos de venta de fábrica de los vendedores de pan empaquetado, recibí degustaciones de vino de manzana y me salí de ahí también corriendo. Ya casi no tengo a qué asomar por ahí, aunque a veces lo hago de manera subterránea. Eso es algo que también cambió.

viernes, mayo 11, 2007

Termópilas brotando

Ya letras más leídas han tratado acerca de la "laicidad frente a la religión civil". No hay gran cosa qué agregar. Hoy los columnistas se agitan por el más reciente show de Fernando Vallejo y el caricaturista Pepón saca su más tradicional y prejuicida cizaña. En la viñeta de hoy, este último representa a la patria con su pijama blanca y su gorrito frigio, depreciada por el escritor (en ademán de "mano partida"), quien toma el brazo de un charro con revólveres y bigote. La homofobia del clásico editorialista de El Tiempo no sorprende; sus caracterizaciones de quien le cae mal incluyen dientes desordenados o exageraciones de facciones desencajadas, mientras la gente de bien siempre es asaltada por sorpresa hasta por el vuelo de una mosca. Lo cierto es que, por descalificar unas irrelevantes frases del provocador de marras, la agarran a prejuicios contra México, no solo defendiendo la entelequia patriota tatando de llamar peores a otros, sino incurriendo en estereotipos ya no provocadores sino lánguidos. Como en el chiste de cuaaaal bocoooooón.

viernes, mayo 04, 2007

Procurador diciente

En la edición impresa de hoy de El Tiempo, se les va un gazapo con la conjugación del verbo disentir, ya corregido en la versión web. Hay faltas a la ortografía con consecuencias semánticas notorias, como en el caso de los operadores de la censura en ese mismo diario. Seré muy petulante al respecto y por supuesto también me pifio de vez en cuando, además de tener mis deslices mecanográficos; pero en general releo lo que redacto y no me fío de correctores automáticos de texto. Alguna vez a una gente le dio por correr automáticamente uno de esos y decirle que sí a todo. El Word les fue cambiando creativamente por cretinamente y multicopiaron sin percatarse. No he sido ni seré partidario de la eliminación de la ortografía, aunque acepto obediente los cambios que la RAE vaya proponiendo. Por un lado porque sé que la buena escritura va ligada a los hábitos de lectura, en cantidad y en calidad, que uno tiene y por otro porque es parte del gozo por la lengua materna y su estética particular.

sábado, abril 28, 2007

Lo típico

Con algunas amistades teníamos una charada acerca de ciertos incidentes caricaturescos de los visitantes extranjeros, la de ¿sí apguendió a bailag cumbia? Bueno, era uno de muchos, pues no faltó el rodillazo de sueca en el hígado, intentando coordinar algo de salsa, en medio de la impune oscuridad del Goce Pagando (o sea el de al frente de Uniandes); o la cara de espanto de una mexicana cuando unos amigos le contaban lo fácil que se contrataba un sicario en Colombia y - cuando ella preguntó cuánto pagaban (pensando en la pena carcelaria de los homicidas) - ellos le contestaron que desde diez mil pesos.
Pero el de la cumbia viene a colación porque es algo que nos pasa a muchos cuando creemos que los lugares son personas y que esas personas hacen, piensan y dicen lo que aparece en el artículo de la enciclopedia, en el cromo de la chocolatina o en el videoclip turístico. En las radios populares suena lo que esté moviéndose, no lo que se supone que es típico de la región o país. Supe de unas fiestas en un pueblito, a las cuales una sola vereda preparó algo folclórico tradicional, ensayado y ataviado como es de ley (por iniciativa de alguien venido de la ciudad, desde luego); el resto de la zona rural (paraquizada además) llevó el papi chulo. Sin embargo me gusta saber de esas rarezas, siento debilidad por los museos y las "vintage collections".
Las cadencias de los tiples en guabinas y torbellinos me seguirán elevando aunque siga el consejo de casi todos los santanderanos que conozco: "el festival ese es muy bonito, pero esa gente de Vélez es muy maluca". Cierta época de mi vida escuchaba los programas de música colombiana de Musicar, la Tadeo, la Radiodifusora y otras. Se me quedaron pegadas ciertas horrorosas adaptaciones corales con acartonadas voces tratando de cuadricular bambucos, pasillos y guabinas. Como un tema que hablaba de unas "campanitas de mi pueblo colombiano" cuya combinación de las voces femeninas y la percusión (que hacía de campanitas) me destemplaba hasta las vértebras. También el tono de Carlos Pinzón y su Zipacón, la villa musical de Cundinamarca. Para mí el noroccidente colombiano es imposible de reducir al estigma de la violencia, la canalización del fantástico y mítico Sinú o el narcotráfico. No se trata de reducirlo a otras pero hablo de música y tengo especial afecto por varias manifestaciones sabaneras inmortales. También ciertas piezas de excelente gusto y factura, como el legado de Bermúdez y Galán, me parecen esenciales en mi colección; paradójicamente siendo estas creaciones - en su época - objeto de estigmas comparables a los que bien merecidos tienen Daddy Yankee y Don Omar. Algo tan políticamente correcto como "Boquita Salá", con seguridad fue más condenado que el corito de "húndelo to" de cierta famosa champeta.
No ignoro que en muchas localidades florece y hasta triunfa la recreación de formas propias; pero pienso que los adjetivos como típico o tradicional resultan pretenciosos ante el protagonismo real de esos timbres y esos acordes en el acontecer de las personas, en su propia telenovela. También tengo claro que es absurdo pretender plena originalidad, habiendo tanta historia y tanta interacción de por medio. En algún momento de mi vida consumí algo del hippismo andino de los ponchos, charangos y quenas, con las facetas militantes (Inti Illimani, Quilapayún), las europeas (Urubamba) y lo que se podía escuchar en las casetes de los conocidos pastusos. Lo cito porque es el clásico ejemplo de sublimación de un rollo con una cosa que no tiene nada que ver: no hay certeza de qué melodías tocaban los indios con esos instrumentos, de eso no quedó grabación.
En fin, yo también salí varias veces a apguendeg a bailag lo que no sonaba ni donde los viejitos, a escarbar entre el polvo algún rastro de la vibración de esas notas o la inspiración de sus letras. Evadiendo que lo verdaderamente típico estaba en frente mío, golpeteando unos audífonos de alguien que me miraba con la compasión que se le tiene a un demente.

Ese debe ser el nombre

Pocas veces la fonética hace tanta justicia con una idiosincrasia.

martes, abril 03, 2007

Confrontación

Para cerrar el tema del fin de "El Niño", la faceta violenta del acontecimiento.

Locación: Jardín de Freud, Ciudad Universitaria.

miércoles, febrero 14, 2007

La tiranía de la imagen

Además de anacrónico el juicio, la nota acerca de Marco Antonio y Cleopatra, pasa por alto que una efigie de moneda difícilmente describirá el parpadeo matador, ni el quiebre de cadera, ni las rastreras marrullas (como aquella de "ayúdame tú, que eres más alto"), que sin duda Cleopatra cultivó y practicó con maestría.

viernes, octubre 06, 2006

Siglas

A veces a los latinoamericanos les da por federarse y tienden a bautizar a sus organizaciones con siglas comenzadas en fela, como la protagonista de este evento. Así hay uno de los estudiantes de antropología (Felaa). En una versión a la cual asomé (no es mi gremio) el nombre resultaba emblemático, pues su más recurrente orador mostraba un obsesivo apego al micrófono.
En su momento fueron famosas las siglas de la Corporación Universitaria de la Costa Atlántica y de la Corporación Universitaria de Ciencias Agropecuarias, las cuales terminaron por cambiar sus nombres.
Hay unas que tienen su faceta especial entendidas en inglés. En Colombia existió hace muchos años una Federación Universitaria Nacional (FUN), cuyo final no fue nada divertido. La que más me intimida, por razones de salud, es la Sociedad Colombiana de Anestesiología y Reanimación (Scare). Aun sin cicatriz asusta.

sábado, septiembre 16, 2006

Mis referentes

Por allá en los años setentas yo no me afeitaba, usaba pantalones botacampana, tenía un notorio afro y me la pasaba protestando como un niño chiquito. De todos esos movimientos sociales y aventuras ideológicas, que conmovían al mundo por entonces, ninguna me legó tanto como la de cierto artista barbudo, quien creía en la palabra cooperar y en la fraternidad. Aquí, dos de sus voceros, en una clásica presentación:

jueves, agosto 31, 2006

Donde la séptima cae en desgracia

Hace unas semanas me quejé de la cara real de la más ostentosa de las localidades bogotanas. Hace poco la volví a visitar y disparé unos cuantos intentos fotográficos desde mi privilegiada posición en el bus que para va de La Inmaculada al Perdomo. El movimiento del vehículo malogró la mayoría de las fotos. Rescato este par, donde se ve parcialmente el aspecto de los barrios de ladera y la zona comercial con moteles y todo; y un detalle del cuadro feo de las canteras.
Alojamiento por cortesía de photobucket.com
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jueves, agosto 17, 2006

Esas nubes oscuras

Hace como una semana vi un atardecer bien raro. La clásica tonalidad rojiza de ciertas épocas del año enmarcaba unas nubes densas y oscuras. Mi cámara no da más y a esa hora la luz artificial se entrometió. Esto fue lo que obtuve:

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viernes, julio 28, 2006

Tino

Normalmente bajo el influjo de la cerveza, he afirmado varias veces que el pesimismo y la patética melancolía de la tradición lírica de la música popular latinoamericana hacen del grunge y otros lloriqueos anglosajones simples rondas infantiles, ayes como los de la pajara pinta. Romances perdedores en los valses ecuatorianos, orgullos de macho derrotados en memorables rancheras (las de José Alfredo sí que me patean), evocaciones de ranchos abandonados como en ciertos sones y bambucos, dolores no curables con mejoral en paseos vallenatos, lacrimosos lamentos andinos, saudades melosas en distintos ritmos brasileños... Pero nada supera al Tango, a sus dictámenes de fatalidad tan llenos de ese pragmatismo de la calle y la noche.
Y dentro del tango mismo, capítulo excepcional ocupa Enrique Santos Discépolo, el del famoso "Cambalache", el certero pintor de la imagen de "Esta noche me emborracho". Aquí, su atinada proclama, interpretada por quien tenía que ser:


sábado, julio 15, 2006

Plantilla

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Abandono la plantilla negra por una que resulte más cómoda para la lectura. Procuraré no hacer muy seguido cambios tan abruptos. Pensaba ahora en los tiempos en los cuales traté de hacer cosas divertidas con del DHTML, pero me aburrí rapidísimo cuando me encontré con la cantidad de cláusulas y precauciones por los tipos de navegadores y sus versiones, amén de la API de cada sistema operativo. Esa es una de las razones por las cuales detesto encontrar en un sitio los anuncios de "se ve mejor con..." o "no insista, pagina diseñada para ver con...". Pero bueno, esa tragedia persigue a muchos estándares, como me ha tocado ver en recientes epopeyas con códigos de supuesto alcance universal.