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martes, abril 20, 2010

Pleamar

Las mareas son la manifestación visible de la atracción gravitacional de la luna hacia nuestro planeta, los fluidos confinados en grandes cuencas hacen variar ligeramente la posición de la línea de costa durante el día. Bogotá queda aproximadamente a 2600 metros sobre el nivel del mar y es el origen del sistema de coordenadas geográficas del país, con el punto x=1000000, y=1000000 en el Observatorio Astronómico Nacional (conspiradero de criollos cuando esa era la casa de Nariño). El eje z tiene su cero en la posición de la marea baja en Buenaventura. La marea es un fenómeno periódico, una sinusoidal con pocos chichones, va y viene todos los benditos días. Tal ha sido la selección de términos para referirse a la presente bonanza de preferencias que asiste a Antanas Mockus en el oráculo de las encuestas.
Una cosa buena de todo esto es que quienes hicieron del 80 u 85 por ciento de popularidad de Uribe un certificado de unanimidad en la sociedad aprendieron a leer las encuestas con un grano de sal en la lengua. Estas encuestas no reflejan ni de lejos los votos que ya tienen amarrados el partido liberal, cambio radical, el conservatismo y el polo. La misma mayoría de Santos podría estar referida a opinadores urbanos que no determinarán nada y los ingenieros sociales de Acción Social de la Presidencia lo entienden perfectamente. Sin embargo las intervenciones de Uribe y su mini me descalificando la vocación agresiva del filósofo gobernante dan a entender que la cadena de clientelas que alimentan teme ver frustradas sus expectativas financieras.
En la campaña a la alcaldía de Bogotá en 1994 todo comenzó honrando el sentido común. Era incuestionable que la alcaldía quedaría en manos de Julio César Sánchez, barón electoral del partido liberal, ex alcalde y dueño de varias clientelas poderosas en el distrito. Algún desocupado (si mal no recuerdo Gustavo Petro) sugirió en una emisora que iría por alguien como el rector que echaron por bajarse los pantalones y luego las encuestas hicieron lo suyo. El miembro de partidos tradicionales que no renunció ante el singular fenómeno, Enrique Peñalosa, garantizó un nombre político por esa misma situación.
La alcaldía de Mockus no fue ni de lejos grata a los gustos sindicales o a la intelectualidad de izquierda. Las empresas de Servicios Públicos conocieron el outsourcing. Dividió la EEEB y la descapitalizó, garantizando enormes recursos para que Peñalosa se ganara el cielo con obras. Persiguió la rumba y elevó los índices de seguridad, conformó la Guardia Metropolitana, grupo antimotines precursor del ESMAD, explícitamente declarando que su color negro debería indicar represión a quien lo viera. Ninguneó a los profesionales criollos trayendo a ICA a arreglar carreteras y puso a unos balcánicos (ignorantes probados sobre la geomorfología y la neotectónica andinas) a diseñar la solución a lo del Tunjuelo (Cantarrana). Su gurú de la seguridad fue Hugo Acero, derechista obtuso convencido de que el sindicalismo es la manifestación del terrorismo destinada a acabar con las empresas (generalización muy popular entre ciertos empresarios agrícolas paisa sabaneros dados a descuartizar negros en el noroccidente del país, pero no muy afín a lo que piensan muchos analistas de organizaciones productivas en el mundo capitalista). Antes de Mockus y Peñalosa solo algunos izquierdistas de bufanda y concierto de Inti Illimani en el teatro Colsubsidio cuestionaban ciertos cerramientos urbanos a espacios públicos, por lo cual eran calificados como enemigos de la seguridad y la propiedad privada. Ahora no hay cultor de la libre empresa que defienda tanta reja.
No voy a negar que siento cierta simpatía por Mockus, digamos empatía. Para mí fue un contradictor en la Universidad y es parte de un conjunto de personas que moldearon mi visión del mundo por la vía de la contradicción, junto con colaboradores de él como los difuntos Fabio Chaparro y José Granés y otros que por seguir vivos no les voy a lambonear. Nunca me pareció eso de que le dieran cinco millones de pesos por una jornada de trabajo a la señora que ponía las 'vacunas contra la violencia', pero reconozco que la Ley Zanahoria, que tanto resentí, cumplió con la reducción de homicidios. Celebré que públicamente tomó distancia de varias de las sangronadas que enorgullecen al gobierno que termina (secuestrar a un tipo en otro país para arrestarlo o todas las barbaridades alrededor de la Operación Fénix), aun con su singular matiz acerca de los de los informantes pagos. Ahora que todos los candidatos temen objetar el sagrado misterio de la Seguridad Democrática, ciertas actitudes específicas de Mockus permiten ahondar en una de las fragilidades de ese fetiche.
De antes se sabía que la proporción entre muertes violentas ligadas al conflicto armado (rebautizado por Uribe "amenaza terrorista") era harto pequeña. Las tendencias siguen indicando que el pico de homicidios en Colombia ocurre el Día de la Madre y en las fiestas de fin de año (entre tragos, entre allegados). Ya en lo otro se ha visto muchas veces a dos personajes idénticos con diferente brazalete tirar a matarse no porque Marx o Hayek hayan dicho tal cosa o alebrestados tras leer un artículo del IEPRI, sino porque los otros son unos hijueputas y hay que fumigarlos. Lo de las fiestas ratifica que aquí nos odiamos a nosotros mismos y el parecido quiere aniquilar al parecido. También se mata pa justificar el sueldo o para mantener la autoridad emanada del terror. Pero también se ha evidenciado que los millones de dólares del plan Colombia y otros ajustes internos del presupuesto fortalecieron unas fuerzas armadas capaces de diezmar a dos compañías guerrilleras que se toman la vía Bogotá - Medellín (uniformadas y claramente identificables por sus armas largas), pero inoperantes para corretear a la típica banda de tres locos con revólveres que atraca unos furgones cerca a cualquiera de estas dos ciudades. O que la costosa red de informantes pagos parece más una fe misionera centrada en vigilar un enemigo ideológico y no una conducta ciudadana que reconoce responsabilidades y límites. El desastre de seguridad ciudadana en las grandes ciudades evoca la paradoja que también vive Venezuela (con jets y tanques de última generación pero sus calles cundidas de atracadores asesinos).
A mí me gustaría mucho que el botín presidencial no quedara en manos de la camarilla que se apoltronó estos ocho años, en particular pienso que un sujeto como Juan Manuel Santos representa fielmente un conjunto de conductas que le han hecho mucho daño a este país, como recurrir a la calumnia en los debates políticos (el señalamiento contra Pardo hace cuatro años) o la permanente mentira (negó los falsos positivos por meses, como el uso de insignias de la Cruz Roja en el Jaque y durante las primeras horas posteriores a la muerte de Reyes afirmó que el operativo fue respuesta a un ametrallamiento desde tierra y que hablaron previamente con Correa). Actualmente algunos analistas conspiranoicos tratan de ver en el fenómeno Mockus las manos de oscuras fuerzas, lo cual no es raro en una cultura política que hizo de las FARC la excusa para pegarle a la mujer, para evadir impuestos, esconder unos kilos al vecino finquero del Meta mientras un allanamiento, conducir borracho hacia Melgar y otras tantas idiosincracias compatibles con el credo salvador de la Seguridad Democrática (y Uribe, su profeta). Me parece que Mockus es una alternativa razonable así no tenga las credenciales de zorro de la política (tampoco es una dulce pelota y sé muy bien de cuánto es capaz), más si sabe deslindar de las malas prácticas que se consagraron en los gobiernos precedentes. Tocar la conciencia reflexiva del votante colombiano bien vale la pena como programa. Pero todavía no me decido.

viernes, marzo 07, 2008

martes, octubre 23, 2007

Más política

Llevo años sin ver con regularidad la televisión nacional, en parte por adicción a internet, en parte por aburrimiento. Prefiero ver un conteo de VH1 a aguantarme un debate del Congreso o concederle a algún badulaque de esos de los noticieros que me está informando, a pesar de su ignorancia.
Anoche vi CM&, con Yamid Amat quejándose de una tutela y luego con la noticia de Samuel Moreno y su pelada de cobre. La verdad, el incidente difícilmente cambia mi intención de voto, pues de antes no me mataba la propuesta del Polo ni las movidas políticas que se han hecho en la administración distrital a propósito de estas elecciones. Peñalosa nunca me ha caído bien y me divierte el frenesí que viven sus copartidarios ante la adversidad de las encuestas. Vinasco parece ser el menos fingido de todos pero es quien es. Y los otros dos pueden o no tener algo rescatable, pero - como dijo el gran ex columnista de El Espacio y director de CM& - no tienen posibilidades.
Al Concejo sí lo pensaré. Ya pasé por dejarme convencer a última hora (como cualquier incauto cursiconciente embufandado de gafas redondas, mochila maloliente a palosanto con patchoulí podrido, con el bolsillo lleno de programaciones de cineclubes de pornoarte y que a toda leve frustración del perverso eros la llama trauma) de reivindicar a la indiamenta de la Sierra y a su representante femenina, Ati Quigua, votando por la hijuemadre al Concejo; para que saliera con que no tenía la edad y su gran proyecto era cambiarle de nombre a la Avenida Jiménez por Huayna Cápac o Toro Sentado o quién sabe qué. Maj nunca (como se dice en la Nevada) vuelvo a hacer algo así. Esta vez voy por un macho, patguiagcal, occidental, rolo (vale enruanado), que no use manillas y no joda con la nomenclatura.
Bueno, como habrá política sé que las noches del fin de semana estarán medio jartas y posiblemente pase mucho tiempo bajo techo y vuelva a ver televisión. Me imagino que la pifia de anteanoche seguirá sonando y de eso tratarán los debates. Con razón Uribe no iba a esas vainas.

jueves, octubre 11, 2007

Agenda

Caminaba hoy por el campus antes de anunciarse el desalojo y noté que los tropeleros de hoy traían a cuento también la imagen de Jaime Pardo Leal (además de la sigla inversa de la camiseta de la URSS y la dichosa efigie del militar que justificaba el reclutamiento a la fuerza de esclavos negros con la frase "no hay mejor manera de alcanzar la libertad que luchar por ella"). Sí, veinte años atrás fue asesinado el dirigente político de la Unión Patriótica, titular entonces del récord electoral de una tercera fuerza aspirante a la presidencia. La batalla campal que siguió a su entierro estuvo a punto de tornarse en un nuevo Bogotazo, reprimido por la providencia climatológica con chorros de agua.
De alguna manera tiene que ser loable que lo mencionen en medio de tanto olvido. Evidentemente las banderas de la UP que ondearon en su parada previa, al lado de la sigla del partido seudoclandestino y el 'movimiento' llamado a quemarse para inducir la clandestinidad del anterior; constituyen una declaración de insistencia en el reencauchado mito fundacional de la violencia fariana. El genocidio contra las expresiones no armadas se vuelve el certificado que autoriza a reeditar y escalar los desmanes. En varias paredes de la Universidad se transcribieron nombres de asesinados antiguos y recientes que justifican la perpetuidad de la insurrección. Un viejo recurso retórico de voceros de expresiones cercanas al PC, cuando eran increpados como 'mamertos' (moderados) por otras tendencias, era inventariar los muertos de su club, como prueba de consecuencia y entrega, con más derecho a llamarse 'mamuertos'. La muerte se sigue invocando como generadora de razón y acierto. Más allá del: "If you live each day as if it was your last, someday you'll most certainly be right" viene el: "tenía razón porque lo mataron".
Dos posturas lacónicas alternas a esa necrosublimación. Álvaro Leyva: "Si me matan no les vuelvo a hablar"; Eduardo Umaña Mendoza: "En este país si a uno no lo matan por algo terminan matándolo por nada". Hace unos años (1995) una gente pintaba una efigie de José Martí (con un efecto de perspectiva que les quedó como la greña canosa de Einstein) celebrando cien años del pensamiento martiano; yo les pregunté si fue que el tipo empezó a pensar después de muerto. Claro, los muertos no solo no muerden sino que no cambian de opinión ni rectifican a sus exégetas. Más de la mitad de las arrugas que tenía Darwin cuando viejito se las sacó desmintiendo a los darwinistas, Marx no comulgó con los marxistas y con seguridad - si le hubieran dado juego para escoger - Jesucristo no hubiera sido cristiano.
En fin, una empresa de muerte y sacrificio, que utiliza las propias pérdidas como fuente de legitimación y excusa, impone unas reglas de juego cargadas a favor de su arbitrariedad. Las falencias normales en mercadeo por parte de los responsables de la institucionalidad de la protesta afloraron esta semana como la fatalidad ya lo había dictado. Tras semanas de no atender las señales de la política interna del país ni de hechos externos que bien valen campañas de denuncia y solidaridad (la represión en Birmania, las revelaciones sobre Irak); para echarse encima la consuetudinaria obligación del tropel (pleno de costos, nulo en beneficios) por responder a une efeméride trillada y a un cronograma proyectado desde antes (marchas campesinas). Cuando deberían estar dándose el festín del año con la papaya que ha dado el gobierno esta semana y las recientes, con el partido de la U y su 'novedosa' idea de la segunda reelección.
A propósito, este asunto de Tasmania es la clase de pifia gubernamental que lo hace sentir a uno asfixiado entre el par de monólogos simultáneos de quienes llaman uribistas a quienes critican a las Farc y quienes rotulan como de las Farc a quienes no reconocen la divinidad ni la inmaculada concepción de Uribe. Nada más el 'comandante Ternura' saliendo con vainas como esta:

Que sea un motivo para anotar que la alusión a Restrepo no aparece en la edición virtual de El Tiempo y que en la versión impresa real, la de papel que llega todos los días a mi humilde rancho, dice:
Restrepo explicó que en ese momento pensó como siquiatra y consideró que el comportamiento de 'René' era como de paranoico. Por eso, dijo, no le informó a Uribe.
El Tiempo, jueves 11 de octubre de 2007, página 1-4.

Para rematarla, la columna de Fernando Londoño no es inferior en estolidez a lo que se espera de él. Un rosario de incoherencias como ese no conmueve la inercia militante ni activa su cacumen. En fin. Por lo menos algo bueno, les dieron el nobel de física a los de la magnetoresistencia.

martes, junio 05, 2007

La fuerza

No alcancé a enterarme anoche del adelanto de las vacaciones. Ingresé a mi sitio de trabajo y dialogué con varios profesores, quienes no me anticiparon nada sobre el tema de la asamblea que seguía. Supe luego de la orden de desalojo, antecedida por la entrada a la fuerza de un sector de los bloqueadores. Cuando salí me acerqué un rato para escuchar de qué hablaban en la asamblea, la cual - ya sin el confort del Auditorio - no contaba siquiera con quinientos asistentes (por dar un número optimista). Ante una situación tan contundente, como es el contraste entre un lunes de gran afluencia de estudiantes, con motivo de la reanudación de las clases y la patética soledad creciente de la asamblea; sus inefables líderes persisten en culpar a terceros y en anunciar la continuidad de los bloqueos cuando se reabra la Universidad. Como siempre, los grandes y más profundos temas son los logísticos: quiénes van a hacer no se qué en Transmilenio, la propuesta de escribir consignas en los billetes, participación en la Marcha programada por el "Comité de Emergencia" contra la cumbre del G8 (en serio) y en la del 8 de junio "día del estudiante revolucionario y antiimperialista" (dejémoslo en caído) y demandar a la Universidad por la pérdida de unas carpas en el desalojo ("preferimos perder una carpa...").
El liderazgo del megáfono es químicamente incapaz de evaluar un quiebre como el que ha tomado la situación. El viernes no vislumbró el alcance político de las movidas presidenciales y fue lento para reaccionar a la noticia del atentado contra el Viceministro (de hecho hoy aun discutía su conveniencia, cuando es un asunto de elemental coherencia). Sobre este último punto, se deja enredar por parte de un émulo de Cerebro ("Un mundo que ganar"), quien encuentra muy brillante proponer que se hable de "autoatentado". De verdad, me tomé el trabajo de escuchar completa la asamblea para ver si me podían sorprender, si me podían hacer sentir equivocado acerca de los asertos de viejito excéptico que he expuesto inspirado en la experiencia. Me decepcionaron. La incapacidad de las altas lumbreras del bloqueísmo para analizar una situación política real y hablar y actuar con inteligencia. La persistencia engolosinada con una ficción de poder que no se fundamenta en un reconocimiento de la propia condición ni una identificación inteligente del adversario, ni los posibles aliados relevantes. La ausencia de agenda propia por parte de los estudiantes movilizados, quienes dependieron de la programación del paro del Polo, de las marchas de Fecode y de la arrogancia de varios agentes particulares. Eso me encontré.
Ante una situación física tan lapidaria (que ahora el bloqueado es el Campus) se decanta el hecho de que muchos participantes de asambleas y campamentos dejan de recibir el auxilio paterno para parar, por haberse divulgado en prensa que hay vacaciones. Los vendedores informales se estrellan con la inesperada caída de sus ventas, los estudiantes de otras ciudades son llamados por sus familias a que retornen, los turistas de la revolución comienzan a cambiar de tema y la atmósfera da cuenta del resto (primero sol de lluvia y luego chaparrón). La Policía en presencia blanda (Fuerza Disponible cerca, ESMAD lejos y autocontrol ante el estallido de petos en el Uriel), mientras los paristas reafirman su rechazo a "... la violación a los derechos humanos por parte del gobierno en el marco de la política de seguridad democrática [¿cuáles marcos exceptúa?], la estigmatización, amenaza y asesinato de estudiantes, trabajadores y profesores...", vacilando - eso sí - para condenar algo tan palmario como el atentado personal contra un interlocutor natural de su protesta (de hecho el Viceministro preside el Consejo Superior Universitario cuando no va la Ministra).
Hace unas semanas una expresión de corte clandestino y autodeclarada por fuera de la legalidad, condenaba en un comunicado escrito la firma de un acuerdo con el gobierno por ilegal. Las multitudes han sido domadas en varios momentos de todo esto por la veneración que profesan al discurso jurídico. Así como hace año y medio la muletilla de moda para los chistes era el "carácter vinculante", esta vez todos nos convertimos en tinterillos. Allí, una de las facetas truncadas del desarrollo académico de la situación. Los superlativos de los abogados, los magistrados, están acostumbrados a que el dinero se falla, se sentencia, se decreta; pero no saben cómo se produce. El mayor vuelo que toma un movimiento como el triestamentario en asuntos de política económica es la discusión de porcentajes, nunca la oferta de ideas para que entre nuevo dinero. Un ex Rector comentó alguna vez (como se puede leer en la pésima transcripción incluida en las memorias de la "Cátedra de Vida Universitaria") que la Universidad colombiana era una gran facultad de Derecho, donde se habituaba al estudiante de cualquier disciplina a demandar, exigir y parlamentar, pero descuidando la vocación del conocimiento y la oferta de ideas productivas. Con los acontecimientos de los últimos días me resulta inevitable interpretar que todo esto ha sido la reedición de esa condición perniciosa.

viernes, mayo 11, 2007

Las automáticas

Mi primer aporte a la red de redes fue una página ya desaparecida por una inconclusa remodelación de quien me la recibió. Como comprometía posturas colectivas y dependía también de mi estado de ánimo, su renovación era lenta. La tenía colgada en geocities y a veces miraba las estadísticas de visitas, para atormentarme con la futilidad de mi empresa. Casi siempre el enlace se divulgaba mediante algún medio impreso y era muy común todavía que el destinatario de su contenido posara de resistente por no saber nada de internet. En fin, en unos tres años posiblemente nunca completó cien visitas diferentes a las mías como diseñador, en un tiempo en el cual impactar en los hallazgos de los buscadores no era tan simple como publicar en blogger (y tampoco creo que nos buscaran de a mucho). A este blog y a mi ciudadanía bloguera les he dedicado muchos más textos, un poco más libre para opinar, y con mayor recepción, lejos de lo que alguna vez soñé que podría lograr con el otro proyecto.
Famosos blogueros colombianos han dedicado entradas al origen de los "hits", destacando lo pintorescos o sin sentido aparente que resultan algunos. Las visitas automáticas, las que le regala a uno el google a punta de asociar vocablos presentes en el blog de uno dentro de los contextos menos pertinentes, suelen ser frustraciones para el usuario del oráculo de la Internet. Aquí semanalmente (según me cuenta Bravenet, el cual tampoco las detecta todas) entra alguien buscando algo sobre desechos y no deja de darme cargo de conciencia no haber posteado nunca algo útil sobre temas sanitarios que también son de mi interés. Las últimas dos semanas ingresé entradas a este sitio como nunca antes lo había hecho, ya vuelvo al ritmo normal. Tal vez por eso (una fuente de visitas automáticas es la barra, la cual envía al azar a blogs recientemente actualizados) subieron las visitas; también pudo ser por enlaces que hay hacia aquí en otros espacios; pero realmente llegué a un pico histórico por una situación bastante singular.
Hace unas semanas escribí una entrada sobre Gustavo Petro y, desde el reciente debate del Congreso y la agitación generalizada acerca de este personaje, es común que la mitad de las visitas que me reporta el contador aludan a búsquedas sobre Petro y su pasado. El ranking de sociedad en la sección colombiana de Blogalaxia me lo confirma. Era esperable que al ser focalizada sobre él la atención de quienes defienden a ultranza la santidad del presidente y su infalibilidad, exista un frenesí para descalificarlo. Ya en Indymedia Colombia hay una incursión sistemática para repetir un mensaje al respecto. Las noticias alrededor del congresista no cesan y la recurrencia a su figura para macartizar contra la oposición persiste. Interesante.

lunes, abril 30, 2007

El 1 unitario

Fui por primera vez a una marcha de primero de mayo durante los legendarios setentas. Bueno, me llevaron, pues uno a los tres años desoye ese llamado colectivista y mantiene su rebeldía subjetiva. Los de la columna de al frente gritaban una consigna que parecía más un oscuro códice: pst, pst, peseté. Sí, se trataba de esa misteriosa variedad, conocida como trotskismo, o troskismo, para no gastar tanta saliva. Pocos años antes Luis Duque Gómez, rector paisa ultraconservador de la Universidad Nacional, prohibía las manifestaciones dentro del campus y consideraba tales a cualquier concentración de más de cuatro personas, condición para que la tropa de la Policía Militar procediera a disolver semejante multitud. Bien, curiosamente cinco personas es la masa crítica para que un movimiento troskista estalle en una disidencia. Esa expansión por gemación constituye un inquietante fenómeno político, con complejos cladogramas llenos de extrañas siglas. En fin, me llevaron esa vez y no volví a asomar a ese evento hasta los 19 años.
El ritual es bien polifacético y a veces desconcertante. Fundamentalmente es festivo, no importa que haya quien lleve la fiesta con cara de pocos amigos. Varias veces he llegado por la diecinueve con décima y es común que pase junto a la concentración de un sindicato que parodia el "Glory, glory, allelujah" con "solidaridad tenemos con nuestra organización". Aquellas agrupaciones que uniforman su presencia partidaria y persiguen en cada nueva versión una mayor distinción. El tipo de la cachucha con la bandera de Colombia, a quien uno ve en manifestaciones gobiernistas y antigobiernistas, el más fiel de los manifestantes. Algún solitario orador antisemita, volantes con todo tipo de rollos, proyectos armados, nuevos partidos, colectivos de pacientes, casi todas las variedades de skins, grupos de danza, viviendistas, desempleados, LBGT, desmatriculados,...
Mis incursiones en esta actividad comenzaron en una época de profunda desconfianza de los sindicatos ante el comportamiento díscolo y peligroso de las columnas estudiantiles. De hecho los estudiantes nos salíamos permanentemente de nuestro grupo para estimar el tamaño de la concurrencia y para desorientar y fastidiar un poco la compañía permanente de los antimotines, quienes se concentran en los retoñitos y sus pilatunas. Un amigo me contó que un combo tropelero se había disuelto años atrás, arrepentido por haber herido a un menor de cinco años, a quien se le clavó en una pierna la moneda expulsada por un peto. Valga anotar, es parte de la cultura sindical al respecto de esta fecha que sea una jornada para compartir en familia. De todos modos, seguí asumiéndolo como una actividad entretenida; a veces peligrosa cuando un amigo y yo satirizabamos algunas consignas, esos mantras llenos de paradojas e incompletudes, considerados incuestionables fórmulas teológicas por algunos. Estuve a prudente distancia del enfrentamiento que causo la muerte hace dos años a un niño quinceañero, a cuyo velorio asistí, confirmando mi actual postura frente a los límites racionales de la revolución de las hormonas. Ese caso tiene unas aristas tan filosas e intrincadas que mejor postergo su desarrollo.
Hace ya un buen tiempo que cuando asomo a la séptima lo hago en actitud de jubilado. Me hago en las gradas de la Catedral Primada junto a las celebridades canosas de las décadas del despelote. Ya no voy a ninguno de los almuerzos posteriores (con llamadas incluidas para averiguar por detenidos) y me conformo con ver viejos rostros conocidos con quienes ya solo trato en esa fecha. El tamaño de la participación sigue siendo la medida del ímpetu de la oposición. Esta vez el asunto trae el aderezo de la inminencia de manifestaciones callejeras de apoyo al presidente y la progresiva alza en el tono de ciertas expresiones antigobiernistas. El anticipo de una segunda parte de lo que pasó con la visita de Bush, esta vez con los agentes martirizados de ese día investidos de la justificación de la retaliación, ha sido más que evidente.
No quiero masajes suecos, ni hidromasajes, ni que me destruyan mi camarita. Además me queda un día para ir a la Feria del Libro y sé que puedo encontrar unos títulos de interés - despreciados por el demiurgo - a precios de remate en el stand de Crítica (y además tengo que sentarme frente a un editor de código a maquinar un diseño que me tiene harto acosado). Sin embargo acudiré por cuenta de uno de esas insondables condicionamientos que le moldean a uno los planes. Traeré chismes, eso sí.