El viernes pasado me enteré por el portal de la
Agencia de Noticias de la Universidad de la
entrevista de "UN Análisis" a Álvaro Uribe. Como ingrediente político de la situación del paro, el hecho no me pareció para nada trivial. Un movimiento que ha enfocado su genérica y recurrente bandera: "la defensa de la Universidad Pública" hacia el cuestionamiento del actual Presidente de la República, consigue que éste le responda y lo rete. Al parecer esto no fue visto así por la Asamblea del viernes, la cual ni siquiera mencionó el programa. Al final, Uribe anunció que su Consejo Comunitario del sábado 2 de junio trataría sobre el tema.
Uribe no controvierte el núcleo de los argumentos del sector más analítico de la protesta; vale decir, no habla de eso ni desarrolla los embrollos jurídicos de la contradicción. Claro, insiste en la bondad de su propuesta de acuerdo de saneamiento y se presenta como el magnánimo amigo de la educación pública, a pesar de todas las cosas que se dijeron en el sentido contrario cuando apenas era aspirante a la Presidencia. La intervención de la Universidad del Atlántico, en su discurso, es la mano salvadora que reabrió esa institución, no el origen de su cierre. Las referencias al aumento de cobertura, a la inminente inyección de nuevos dineros para Ciencia y Tecnología, la ampliación de los cupos del SENA, otras medidas de atención a crisis financieras como la de la UIS y la de la del Cauca, el compromiso de no subir las matrículas a los estudiantes pobres (esa puntada es mortal para algunos de los mitos sobre los cuales descansa el movimiento triestamentario),... El anuncio de su disposición a discutirlo en la sede misma de la Universidad, de poco probable realización, remata su soberbia política, para nada infundada, pues son los gestos y los términos que gustan a su público objetivo, el cual no incluye al contradictor de ocasión.
La verdad me perdí el Consejo. Ya suficientemente aburridor me parece su estilo como para presentarme a lo Alcohólico Anónimo ("quiénes somos"), ponerme a pedirle cosas como si fuera el Rey Salomón ("qué pedimos") y presenciar cómo llama a algún funcionario por su nombre y le pide algún dato o le ordena alguna cosa de esas que debería tener un trámite administrativo como más pensado y formal ("Señora Ministra: redáctese ya el decreto y lo dejamos firmado aquí mismo, así a mano, que es que así es como obramos los varones, pues"). Me enteré de la respuesta a una interlocutora: "sólo les pido dos cosas: confianza y paciencia". La parte más escandalosa, desde luego, es la
orden a la policía de desalojar a los participantes del campamento que persistía a esa hora en la Universidad. Es claro que el intento de reanudar bloqueos mañana sí tendrá componentes nuevos, después de cuatro semanas de círculo vicioso.
De la discusión académica racional faltan muchas cosas por desarrollar, pienso que las críticas de los juristas que han escrito hasta ahora desde la instancia de la Comisión Asesora, o desde la
oposición política al Rector; se han parado en un muy sólido piso jurídico con buena oferta de éxito en las instancias judiciales. Esto también condiciona unas posturas políticas, muy definidas, pero enfrentadas con un actor que tiene las de ganar en ese campo. Y el otro extremo del lío es el económico. La vehemencia jurídica puede usar expresiones como "allá mirará la Nación cómo cubre esa obligación que le corresponde por Ley [y por designio divino], eso no es problema nuestro". Vale, a pesar de la improbidad del abogado que profirió esa especie en el Auditorio, con su inconfundible timbre de Ana Gabriel con edema pulmonar. El problema es que para muchos foros, menos restringidos y nada manipulables con esos referentes, sí se debe tener en cuenta de dónde sale el dinero. Renunciar olímpicamente a esa parte de la reflexión es servir, con moñito de regalo, a tres metros del arco y sin portero, la oportunidad al mefistofélico gobierno de presentar a la Universidad como un lastre para el desarrollo, cerrada a la reflexión y al aporte de soluciones. Eso en lo político de la disputa con el Presidente.
Ya en lo conceptual del asunto (y sin interés político para la mayoría), se trata de uno de esos galimatías jurídicos que obligan a la razón a aceptar un poco de paradojas. La Nación (como sinónimo de Estado) verá cómo responde por eso, porque la Institución tiene compromisos más altos con la Nación (a conveniencia la población, o la Nación por "construir"). Un significante, múltiples significados. Que se joda la Nación para que le podamos responder a la Nación que nos inspira. ¿Cómo así? Algún notable colectivo estudiantil de los 90 emprendió un interesante seminario sobre el concepto de Nación, cuyas memorias no hallo, pero aspiro a hacerlo, ahora que me interesa volver sobre el tema. Sirva de paso para anunciar que uno de mis siguientes temas para entrada larga: ¿Qué es lo adorable, especial, irreemplazable y conveniente que tiene la Universidad para que se pueda tranquilizar a la población acerca de sus costos y su trato especial garantizado por la Ley? Es una pregunta política, pero para responder con firmes referentes académicos.